PREMIADOS Y SELECCIONADOS EN EL “V CONCURSO LITERARIO DEL COLEGIO ANTONIO ROBINET”

PREMIADOS Y SELECCIONADOS EN EL “V CONCURSO LITERARIO DEL COLEGIO ANTONIO ROBINET”

¡Hemos cosechado otro premio! Miguel Antón de sexto ha ganado con su relato literario. Y Sara Valiente de quinto, ha quedado la segunda. Enhorabuena! Estos relatos estarán dispnibles próximamente en la página del Colegio Antonio Robinet. Pondremos aquí un link para que lo podáis leer.

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LA ESCUELA ABANDONADA, escrito por Sara Valiente (5º de primaria).

 

Corría el año 1997, y acababa de finalizar el curso. Disfrutaba de unas merecidas vacaciones en el pueblo de mi madre. Era la primera vez. Estaba situado en la falda de una montaña, llamado El Tejo. Era pequeño, y tenía pocos habitantes. Todos superaban los setenta años. No había ni jóvenes ni niños.

Aquel día me desperté pensando en nuevas aventuras, nuevos lugares por descubrir… Salí de paseo con mi padre y mi hermano pequeño, el canijo. Cuando recorríamos uno de los senderos oímos un ruido. Los arbustos se movían. Era un animal, un oso muy grande. Seguimos andando sin perderlo de vista, pero parecía mas entusiasmado con las moras del arbusto que por nuestra presencia.

Ya de vuelta, pasamos por la escuela, tenía dos pisos. Era una casa enorme pero parecía abandonada. En la segunda planta, una contraventana colgaba, y el cristal estaba roto. En la primera planta, una ventana estaba abierta. El tejado estaba hundido, y la yedra recorría la fachada. Estaba rodeada por la iglesia y el cementerio. Se nos había hecho tarde y seguimos el camino. Tuvimos que cruzar un arroyo pasando por encima de un árbol caído. Esa noche, no pude dormir, la imagen del oso, la escuela y el cementerio me rondaba por la cabeza. ¿Por qué estaría la escuela abandonada…?

Al día siguiente, a primera hora de la mañana, salí en dirección a la escuela. Tenía curiosidad en cómo serían las escuela de hace veinte años. Me asomé  miré por la ventana abierta. No había nadie. Parecía abandonada hacía años. Decidí entrar. Las mesas estaban llenas de polvo, los techos con telas de araña, y en una esquina había un nido de golondrinas. Los rayos de luz de la mañana entraban por la ventana y hacían brillar el polvo. Había tres puertas. Lentamente abrí la primera puerta. Era un armario. Pero… no estaba vacío. Pude contar hasta doce mochilas y otros tantos chaquetones. El mismo número de mesas que había en la clase. Abrí la primera mochila. Era un cuaderno con apuntes de Historia de España y un libro de Lengua. ¿De quién sería aquel libro? En la primera página estaba escrito el nombre de Benito Pinares Haya. En la segunda mochila había un libro de Matemáticas. Al abrirlo cayó al suelo una nota en un papel amarillento, seguramente por el paso del tiempo. Cogí la hoja del suelo. Aparecía escrito SOC y un borrón. El libro perteneció a Josefina Peral Manzano. ¡Qué curioso! Coincidían con los apellidos de mi madre. ¿Sería la hermana de la que mi madre nunca quiere hablar?

Cerré la puerta del armario y comencé a recorrer la clase. Todos los tinteros tenían la tinta seca, todos menos uno, el de la mesa del profesor. La mesa esta delante de la pizarra y al lado un mapa de España. Se rumoreaba que el director, retirado hace más de treinta años debía tener casi cien años, pero aparentaba unos cincuenta. Me dirigí hacia la segunda puerta. La abrí lentamente. Se oyó un crujido. Era la puerta del baño, no parecía muy interesante. Me dirigí a la tercera puerta. Era un despacho, el del director. Entré, en el escritorio había una pila de libros. No tenían polvo. ¿Qué curioso? Pensé. Eso quería decir que se habían estado usando habitualmente. ¿Habría alguien del pueblo utilizándolos y entrando a la escuela? En la mesa había una foto del director y su hijo. Era del curso 1970-71. El director tenía el mismo aspecto que ahora, ni una sola arruga más. En la pared estaba colgado un póster con la foto de los niños, sus nombres y apellidos, y sus fechas de nacimientos. Encendí la linterna que llevaba en la mochila. Oí ruido de pasos. Alguien esta muy cerca. Apagué la linterna rápidamente. Me escondí entre las patas de la mesa. De repente apareció el director por la puerta. Apenas respiraba, el corazón latía muy fuerte, retumbaba en los oídos. Fui a gatas hasta la puerta y me asomé lentamente. El director avanzó hasta la pizarra, y lo movió a un lado. Una luz iluminó toda la clase. El director desapareció por allí. Cuando pasaron unos minutos decidí salir de mi escondite. De reojo miré hacia la luz, había escaleras que iban hacia abajo. Se oyeron voces y ruidos. Pasé rápidamente por delante y corrí sin parar hasta llegar a casa. El resto del día lo pasé jugando con “el canijo”.

Por la noche no podía dormir, pero el sueño me pudo. Al día siguiente fui a casa del vecino. Era una persona bastante peculiar. Le hablé de lo que me ocurrió el día anterior, y le pregunté si había oído o visto algo raro. Él me contestó que no. Decidí ir a investigar el cementerio. Trataba de encontrar la tumba de los abuelos. Aparecían los nombres y las fechas en las que habían muerto. Una cosa me llamó la atención, no había muerto nadie en los últimos treinta años. Me paré a pensar… Si no ha habido ningún muerto en los últimos treinta años, y no hay gente joven ni niños. ¿Dónde estarán los niños? ¿Han desaparecido? ¿Por qué nadie habla de ellos? ¿Tendría algo que ver el pasadizo de detrás de la pizarra?

Volví a la escuela, el sol ya se había escondido detrás de las montañas. Al entrar por la ventana se podía ver una pequeña línea de luz que salía por detrás de la pizarra. Las piernas me empezaron a temblar. Me daba mucho miedo entrar, y volví a casa para pedirle al canijo que me acompañara. Cuando llegamos a la escuela se oían voces de niños. ¿Cómo podía ser, en el pueblo no hay niños? Encendimos la linterna y revisamos todos los rincones, por si se nos había pasado alguna pista importante. Mi hermano oyó pasos cercanos, no era una persona sino muchas. Nos metimos en el armario, y por la rendija de la puerta vimos llegar a muchos vecinos, también nuestra madre. Todos iban directos a la pizarra y les perdimos de vista. Esperamos a que se fueran, y decidimos seguir sus pasos. Entramos en el pasadizo. Bajamos la escalera. Descendía muy, muy abajo, al menos el equivalente a tres pisos. Llegamos a una sala enorme. Las paredes eran de piedra y el suelo estaba mojado. Una luz potente iluminaba una fuente que salía de una piedra enorme. Nos dirigimos hacia la luz. De pronto, sentimos que alguien nos observaba. Nos dimos la vuelta. Todo el pueblo estaba allí. Se sorprendió al vernos a esas horas de la noche. Mamá también estaba allí y comenzó a reírse. Había doce niños. ¿Quiénes eran esos niños? Mamá nos presentó a su hermana, la tía Josefina. ¡Tenía aproximadamente mi edad! Junto a ella reconocí al hijo del director, estaba igual que en la foto. Eran los niños que aparecían en el poster. En ese momento entró el director. Su silueta era inconfundible. Le sorprendió que estuviéramos ahí. Nos lo explicó todo. Ese sitio era una especie de Fuente de la Juventud subterránea. Todas las familias bebían del agua de aquella fuente para no hacerse viejos.

 

 

 

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